Hospitalenses en el horror nazi: la investigación que garantiza que sus nombres no se borren en la historia

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Algunas de las víctimas del horror nazi, en un vídeo de presentación del estudio de Tania González.

Les cosieron a la camisa un triángulo azul con una ‘S’ de Spanier -«español» en alemán- en el centro. Pero, aún y así, no tenían patria. Bien claro lo dejó el cuñadísimo Ramón Serrano Súñer, que tras la guerra civil les negó la pertenencia a la tierra que los vio nacer. Eran apátridas, y muchos murieron como tales. Más de 10.000 republicanos españoles que huían de de las tropas franquistas acabaron en los campos de concentración que los nazis levantaron en los países que habían ocupado.

Entre ellos había 67 hospitalenses. Así lo ha constatado la historiadora y arqueóloga Tania González, antigua vecina de Collblanc y autora de la investigación ‘Los hospitalenses del triángulo azul’, un vademécum con los vecinos que sufrieron el horror nazi y de los que tan solo 24 pudieron contarlo. El trabajo ha sido posible gracias al programa de becas del Museu de L’Hospitalet, que permitió a González ahondar en la temática durante ocho meses. Su punto de partida fue la investigación de Enric Gil y Josep Ribas sobre las víctimas hospitalenses del Holocausto, publicado en 2007 y que las cifraba en 54. «La idea en un inicio era revisar e intentar buscar nuevas víctimas, pero no me esperaba encontrar a 13 nuevas», explica a L’Estrella la misma González.

La importancia de digitalizar los archivos

Han pasado 13 años desde aquel primer recuento de hospitalenses víctimas del nazismo, y el panorama de la investigación histórica ha cambiado. Para bien. Ahora los archivos internacionales con los nombres de las víctimas se han digitalizado y están al alcance de cualquiera a un solo clic. «Es una gran ayuda», afirma González, que reconoce la «tarea titánica» de los archivos a la hora de digitalizar documentación.

En su extenso trabajo de más de 300 páginas -consultabe a través de este enlace-, González recoge información de diversos archivos y bases de datos, desde el Archivo de L’Hospitalet al ITS Bad Arolsen, pasando por los fondos del Amical de Mauthausen y de Ravensbrück, entre muchos otros. La consulta de más fuentes ha dado como resultado el ‘descubrimiento’ de trece nuevos nombres: Pelegrín Aguilar Bou, Luis Arnau Vima, Federico Callejón Martínez, Joaquim Dupla Salvador, Félix García Cirac, Miguel Iriarte Uribe, Adolfo Hernández Pérez, Juan Martínez Caparrós, Manuel Polo Sánchez, Jaime Porta Plana, José Ruiz Gómez, Antonio Serracho Guardiola y Emilio Zafón Campos.

Tania González durante la presentación de su investigación / Museu de L’H

Precisamente el caso de este último, del que ya se conocía su historia pero no había sido incluída en el anterior trabajo de Gil y Ribas, es el que más ha emocionado a la autora de la investigación. Emilio Zafón falleció seguramente en abril de 1945, durante un traslado entre los campos de Neuengamme y Ravensbrück, en una de las denominadas marchas de la muerte, movimientos forzados de prisioneros entre campos de concentración en un intento del III Reich de esconder la masacre y los crímenes contra la humanidad que había estado cometiendo. Así lo recoge González, después de conocer una información de otro historiador que relata cómo había muerto Zafón durante la penosa marcha. Pero su hijo Joan nunca lo llegó a saber.

Un reloj muy especial

Joan Zafón investigó la vida de su padre Emilio. Sabía que había sido deportado en Francia, a donde había huído tras la guerra civil por su vinculación anarquista. Pero Joan desconocía cómo había acabado sus días. Empezó a indagar y descubrió que su padre fue a parar al campo de concentración y, tras seis años siguiendo las pistas, publicó El reloj de Neuengamme, la historia de su progenitor.

La obra, presente en las bibliotecas de L’Hospitalet, toma el nombre de un hallazgo que acabó de animar a Zafón hijo a avanzar con una investigación que solo le llevaba a callejones sin salida. En 2008 visitó el campo de concentración de Neuengamme. «Cuando entras allí hay algo extraño en el aire, algo que te ahoga y te pone triste», explicó el mismo Zafón durante la presentación de su libro en L’Harmonia, en junio de 2011. Y fue allí donde descubrió un documento clave: una ficha que certificaba que los nazis habían confiscado a su padre Emilio Zafón un reloj de bolsillo antes de ser encerrado en el campo de concentración. Zafón hijo preguntó por el objeto y, semanas después, lo recibió en sus manos. «Me animó a seguir, tiene un valor incalculable para mí», aseguraba Zafón hijo mientras mostraba, orgulloso, el reloj a los presentes.

Joan Zafón muestra el reloj de su padre durante la presentación de su libro, en 2011 / Museu de L’Hospitalet

Aquel mismo día de la presentación Joan reconocía que no sabía cómo había muerto su padre y especulaba con motivos diversos. Moriría sin llegar a saber que su padre, probablemente, falleció durante una marcha entre Neuengamme y Ravensbrück.

Reconocimiento y reparación

Con esta nueva investigación sobre los hospitalenses que padecieron el infierno nazi, se ha abierto la puerta a que la ciudad se sume al movimiento de las llamadas stolpersteine o ‘piedra en el camino que te hace tropezar’, en una traducción libre del alemán. Se trata de adoquines que desde hace tres décadas el artista teutón Gunter Denmig coloca en las aceras de los domicilios de aquellos que murieron en los campos de concentración. En Cataluña ya se han colocado en varios municipios, como en Olesa de Montserrat, y sirve para que no se olviden los nombres de las víctimas. ERC reclamó en 2018 que se colocaran en L’Hospitalet y el Pleno dio su visto bueno. Ahora, con la publicación de trabajo de González, se vuelve a poner sobre la mesa esta cuestión.

Preguntadas por ello, fuentes municipales han explicado a L’Estrella que una vez identificadas las 67 víctimas locales, se vehiculará la instalación de los adoquines a través del Memorial Democràtic, aunque seguramente vaya para largo, puesto que la cola de peticiones es muy larga.

En su momento, el portavoz de los republicanos, Antoni Garcia, pidió que el gobierno municipal pusiera en marcha «actividades de sensibilización» en las escuelas y en espacios de la ciudad para recordar a las víctimas del nazismo y mostrar rechazo a cualquier ideología totalitaria.

En este sentido, González reconoce que L’Hospitalet tiene una tradición importante en lo que a memoria histórica se refiere. De hecho, avanza que la idea del Museu es recoger testimonios orales de familiares de las víctimas y, junto con la información recabada por esta arqueóloga que está ultimando la publicación de su tesis, en formato libro, sobre refugios antiaéreos de Bilbao durante la guerra civil, organizar una exposición.

Una muestra para hacer honor a lo que Julia Conesa, una de las Trece Rosas, dejó escrito en una carta de despedida a su madre antes de ser fusilada por los fascistas. «Que mi nombre no se borre en la historia».

1 Comentario

  1. Gracias, Francisco Javier, por tu escrito. Soy una persona mayor que, como muchos de nuestra generación, nos ocultaron parte de la historia. Con los años, y mucha constancia, nunca en nuestras casas, por el miedo instalado a dar ninguna explicación a nosotros, niños en aquellos años, transcurrió nuestra niñez y principio de juventud. Cuando empecé a madurar, a pensar por mi mismo, sin influencias de nadie, fui percibiendo el gran trabajo desarrollado por el único Gobierno que conocimos durante cuarenta años: nula información, terror en la población, juicios sumarísimos, que nadie se atrevía a denunciar, propaganda masiva por parte del poder, la iglesia y medios de comunicación de la grandeza de nuestro país y la envidia de nos tenía el mundo por lo bien que se estaba haciendo. Nosotros, como niños y con nula información de nuestros padres, crecimos en la ignorancia más absoluta de lo que realmente ocurría. Los años, afortunadamente, abrió los ojos y el pensamiento a una pequeña parte de esta juventud, el resto siguió pensando que éramos la envidia de Europa como país y como personas. Y así nos fue en nuestra persona, sin darnos cuenta de lo que realmente estaba pasando: una población con poca información veraz de la vida, manipulada con toros, fútbol y fiestas religiosas. Con los años, siempre he reído firmemente que la verdadera historia de nuestro país está por escribir, de la verdad oculta, de la tragedia y la consecuencia de un atraso de más de ochenta años.

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