El futuro ya está aquí

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Manuel Domínguez és historiador i professor de Secundària, president del Centre d’Estudis de L’Hospitalet i autor del bloc Local – Mundial

«El futuro ya está aquí», proclamaba hace 40 años una canción de la optimista «movida», en relación a la felicidad que proporcionaba el consumo de la moda juvenil. Pero yo no puedo sentirme optimista. El futuro ha llegado en su versión distópica, negativa e indeseable.

Es curioso que las dos grandes aportaciones catalanas al género distópico tengan l’Hospitalet como uno de sus principales escenarios. En la novela Mecanoscrit del segon origen los dos supervivientes de un ataque alienígena, Alba y Dídac, encuentran en «un indret a cavall entre l’Hospitalet i el Prat» donde reconstruir un hogar, gracias al ambiente rural dominante (fue publicada en 1974) pero próximo a la gran urbe. En la película Los últimos días, Marc y Enrique llegan a un centro comercial en Granvia Sud, que se ha construído donde antes había campos (fue rodada en 2012). Allí asisten a la lucha entre quienes se han apoderado de los recursos escasos y no los quieren compartir y las masas hambrientas que los asaltan para sobrevivir, con un resultado catastrófico para todos.

Imagen de la película ‘Los últimos días’, rodada parcialmente en L’Hospitalet

Como es sabido, el género distópico nos alerta de los peligros de un futuro negativo, normalmente con metáforas. El ataque alienígena del  Mecanoscrit hacía referencia al peligro nuclear, bien real en aquellos años.  El «pánico» que impedía salir a la intemperie en Los últimos días bien puede referirse a la crisis climática. Sin embargo, a pesar de todos los avisos de la ficción y, lo que es más importante, de la ciencia y el mundo académico, nos acercamos o ya hemos llegado al futuro distópico.

La única explicación que encuentro al nivel autodestructivo que hemos alcanzado es que somos yonquis del consumo. Por conseguir nuestra dosis creciente de ropa, viajes, cadenas de televisión, aparatos electrónicos, coches, etc. no estamos dispuestos a aceptar las dos cosas que pueden frenar la carrera al mundo distópico al que nos precipitamos: el decrecimiento económico y el reparto de la riqueza.

Estamos empezando a comprobar en nuestra vida diaria de qué va eso de la emergencia climática. Y da igual, continuamos planteando construir más y más bloques en zonas calificadas como verdes o ampliar el puerto o el aeropuerto incluso sobre zonas naturales del Delta del Llobregat, o continuamos protestando si se limita el uso del coche.

Y vemos como se dispara a las familias sirias que huyen de una guerra hecha con armas que les hemos vendido, para que no se nos acerquen y no perturben nuestro inestable bienestar, nuestras dosis de consumo low cost,que generan empleos low cost. Les disparan fuerzas policiales y militares con la colaboración de fuerzas paramilitares fascistas desplazadas ex profeso. Es decir, colectivamente estamos aceptando que fuerzas fascistas nos defiendan del asalto de los desarrapados, de lo que cada vez se califica más abiertamente como «la chusma». ¿Somos conscientes de cuál es el siguiente paso? En 10 o 15 años los fascistas harán eso desde los gobiernos; y harán muchas más cosas, nos harán muchas más cosas.

Las escenas de Grecia nos muestran el abismo. El peak oil nos muestra el abismo. Si no queremos deslizarnos por él hay que organizarse y movilizarse con urgencia. El último lunes de cada mes, desde hace 4 años, nos concentramos en L’Acollidora para pedir soluciones a los millares de refugiados que esperan una respuesta en las fronteras de la Unión Europea. Fue el tema de mi primera colaboración con L’Estrella de l’Hospitalet. Pero hay que ir más lejos, no solo por solidaridad, ni tan siguiera principalmente por solidaridad, sino por egoísmo; pero, ¿nos podremos desenganchar y rehabilitarnos de la adicción al consumo? Ya no es una opción, porque nos jugamos nuestro futuro y el futuro ya está aquí.

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