Todo gris

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Jesús Vila ha estat actiu en el món de la premsa des de l’any 1973 i fins ara mateix, amb breus períodes dedicats a l’empresa privada. Actualment col·labora a El Llobregat i, si el deixen en endavant, a l’Estrella de L’Hospitalet. Escriu, des de fa uns quants anys, només a canvi de llibertat per dir el que pensa, amb l’exclusiu ànim de construir i contribuir a la reflexió col·lectiva.

Tiene su cosa que la primera ciudad europea por su densidad urbana sea la última ciudad de Catalunya, por encima de los 120.000 habitantes, a la hora de reciclar sus residuos. Estamos hablando de l’Hospitalet, claro.  De los 947 municipios que hay en Catalunya, tan sólo 34 reciclan por debajo del 25% de los residuos que generan. Entre esos 34 está l’Hospitalet y, de la corona metropolitana, solo le acompañan otros dos, Sant Adrià del Besós y Santa Coloma de Gramenet que todavía reciclan menos que nuestra ciudad, en torno al 21%, mientras que nosotros reciclamos algo menos del 25%. De esos 34 municipios, todos ellos menores demográficamente hablando, solo hay otros dos del Baix Llobregat, Abrera y Cervelló, que reciclan en torno al 23% de lo que generan, y únicamente 12, de esos 34 reciclan menos que l’Hospitalet en número de kilos por habitante y año. Menos, de los 98 kg/habitante y año que reciclamos aquí. La media de Catalunya está en el 41,7% y la media global de Kg por habitante y año en 218 Kg. L’Hospitalet roza la mitad de la media de Catalunya, que es tanto como decir que estamos en la cola de la cola. Barcelona, sin ir más lejos, recicla el 38% de lo que genera con un volumen de más de 185 Kg por habitante y año, el doble de lo que los hospitalenses introducen en los contenedores que corresponden. 

Resultan descorazonadoras estas cifras si las comparamos con el 90% que recicla Matadepera o el 87% que reciclan Tavèrnoles, Breda o Argentona. Descorazonadoras porque si en Matadepera, Tavèrnoles, Breda o Argentona se llega a esos niveles, no es porque los ciudadanos de esos municipios sean más limpios o más conscientes —que seguramente también— sinó porque la responsabilidad cívica que es ese ingrediente que se da por supuesto pero que no es innato, y que tiene mucho que ver con el sentimiento de pertenencia y el apego al entorno, difiere muchísimo de unas realidades a otras. 

No son comparables, claro, porque ni Matadepera, ni mucho menos Breda o Argentona y no digamos ya Tavèrnoles, tienen que ver nada con la realidad hospitalense. Especialmente porque no se encuentran pegadas a Barcelona, ni nadie se atrevió jamás a comerse casi la mitad de su término municipal sin apenas resistencia como ocurrió en l’Hospitalet justo hace ahora un siglo. Sobre todo, porque pese a que algunas de esas poblaciones tienen el doble del término municipal hospitalense (Matadepera o Argentona), su población apenas llega a los 400 habitantes por Km2, mientras que en l’Hospitalet superan los 21.000. Todo eso hace que la gente de Matadepera o de Argentona, por ejemplo, se sientan hijos de ese territorio, lo amen, lo cuiden y lo preserven, sentimientos de responsabilidad cívica que se extienden a sentir lo mismo por su comarca, por su país y, extendiéndonos a lo global, por su planeta. És evidente que los ayuntamientos de esas poblaciones han hecho campañas de reciclaje y han puesto los recursos y los medios. Han hecho seguimiento y alientan a un consumo responsable y a un uso adecuado de los residuos que se generan, pero trabajaban con muchas ventajas: las que se deducen del cuidado del entorno, de un urbanismo cabal con las necesidades y con los recursos.

La realidad hospitalense (y la de Sant Adrià y la de Santa Coloma) es muy distinta. Sobre las gravísimos perjuicios que ocasiona la consideración suburbial de un territorio, porque se encuentra aneja a una gran ciudad que tiende a expulsar sin orden ni concierto todo aquello que le molesta o le sobra, hay ciudades con más suerte que otras. Hay ciudades donde los naturales la sienten propia y donde los naturales se van yendo a medida que sus recursos se lo permiten. Ciudades donde ha habido resistencias y donde ha habido claudicación histórica. Ciudades donde los gobernantes han gobernado para mejorarlas y donde los gobernantes han gobernado para mejorarse, que son cosas bien distintas. Que eso ocurra en una legislatura, es grave. Que eso ocurra como tradición, es una condena. 

Las consecuencias son que, en algunas ciudades, una ligera campaña de concienciación da resultados espectaculares. En esas otras ciudades, condenadas a la decrepitud histórica por sus condiciones y por sus gobernantes, las campañas suelen ser más lentas y menos contundentes, y los resultados menos elocuentes y satisfactorios. Hay muchos ejemplos de ello en el conjunto del país. Pero si encima no se hacen campañas, lo milagroso es que la ciudadanía consiga reciclar la cuarta parte de lo que genera. En ese sentido hay todavía vecinos de l’Hospitalet que sienten algo por su calle, que seguramente sienten algo por su barrio y que pueden llegar a sentir algo por su ciudad.

Pero no lo olvidemos: la ciudad está llena de insensibles y despegados, gente que vive aquí pero que no se siente de ningún lugar, que le importa una mierda que la idem se coma el planeta, porque su realidad cotidiana, con solo asomarse a su propia calle, es gris. Gris como el talento de quienes debieran cambiarles la percepción. Gris como el futuro que les dibujan sus gobernantes.

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