Morir de hambre

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Luis Candelas fue el enemigo público número uno de la capital más castiza del reino, hace ya bastante tiempo. Más tarde se reencarnó en el Baix Llobregat donde se dedicó a darle al lápiz, en todos los intentos de prensa libre de la comarca entre los años ochenta y finales de los noventa. Ahora, más viejo que nunca, vuelve porque le han insistido, con más desgana que antes, pero con la misma voluntad de meter el dedo en la llaga del poder. Bajo su Capa se esconde una mala baba del copón, pero también los sueños indestructibles de la justicia, la libertad y la esperanza en un mundo mejor.

No tengo el gusto, pero me han dicho que es joven, colega y con tres istas a cuestas, que son bastantes: activista, feminista e indepe. No sé si yerro. En cualquier caso es lo que me han dicho y estos istas no son para avergonzarse. Habla con la presidenta del chiringuito que me deja escribir y le cuenta lo difícil que es opinar en Hospi y para Hospi, poniendo tu firma al final de los escritos. Le parece que es normal que el Candelas firme como el Candelas porque no se cree que Luis Candelas exista en realidad. Se asome al guguel y verá que hay un abogado famoso en Ronda, una de las cunas del bandolerismo patrio, que se llama exactamente como yo. Lo suyo sí que es pedigrí: llamarse Luis Candelas en Ronda y ser abogado de los imposibles, no como yo, que me llamo Luis Candelas por accidente y vivo sin vivir en mí, en esta ciudad que acoge, porque los nativos se empeñan en abandonarla pies para que os quiero.

Vivo sin vivir en mí, pero ya hace unos lustros. Para noticia de la colega joven y llena de ismos, existió una cosa en el año 82 del siglo pasado que tenía redacción propia en la calle Barcelona de Hospi y que se llamaba El Periódico del Llobregat. Salía cinco días a la semana, primero con bastantes páginas y luego con muy pocas, encartado en El Periódico mayor como consecuencia de la aparición súbita de la edición catalana de El País que consideró que instalar una redacción en Cataluña lo convertiría no solo en el mejor, sino en el más vendido períodico catalán. Los avispados mandamases del Periódico de entonces, que habían crecido de la mano de la información comarcal, con corresponsales en las principales ciudades catalanas, estaban sumidos en el canguelo y consideraron que lo único que podría parar el descenso de ventas previsible, era abrir tres periódicos metropolitanos en la corona barcelonesa. Tres periódicos comarcales dentro de El Periódico de Catalunya, uno de los cuales en una comarca (el Baix Llobregat) y en una ciudad (Hospi) que se habían distinguido entre los años 1971 y 1981 por mantener una información exhaustiva, crítica, regular, atrevida y encajada en el pálpito social, como no existía ni se había visto en el resto del país.

El País no consiguió los índices esperados y El Periódico mantuvo e incrementó ventas gracias a que, en la corona barcelonesa, especialmente en el Baix Llobregat y l’Hospitalet, la genta compraba El Periódico porque dentro estaba la información que le interesaba: la que ofrecía el casi diario que hacían en la calle Barcelona, cuatro pelagatos entusiastas y unos cuantos opinadores voluntaristas. No voy a explicar los misterios de aquel milagro. Solo diré que una de las columnistas era Berta Padró, alter ego de mi buen amigo Ignasi Riera, hoy más madrileño que yo mismo. Como que Riera tenía el vértigo de la política entre sus grasillas, la señora Padró dejó libre su columna y la directora de entones, la querida Maria Soldevila (y el querido Jaume Gras), contactó con el amigo Candelas que se dedicó a hacer una columna diaria todos los días del año incluidas vacaciones y días de guardar hasta que los sabios de El Periódico le dieron puerta al proyecto, consolidada ya la edición global.

Por aquellos días le hicieron al Candelas una entrevista en la radio porque el tipo no se dejaba ver. Y dijo la verdad: que era un pájaro con una sola pluma y muchas cabezas. Específicamente porque solo escribía uno, pero era la redacción en pleno la que sugería el tema del artículo diario. El Candelas fue el sucesor de la señora Padró que instaló el seudónimo. Y desde entonces, el Candelas ha escrito en El Llobregat que editó Disprensa, en el Nou Llobregat que editó Edicions Comarcals, SL, alguna cosa en la edición del Ciero que se hizo también por aquí y ya no recuerdo si en más sitios, hasta aterrizar en La Estrella. ¿Un millar de artículos? Podría ser. 

O sea que el Candelas reconoce que opinar en Hospi (y en el conjunto de la comarca) siempre ha sido difícil, pero no fue esto exactamente lo que le llevó a escribir con su nombre. Fue una risa, no fue un miedo. De hecho, hay unos cuantos colegas del Candelas que llevan firmando hace años con su nombre y apellidos y por eso sé que lo que intuye la colega es cierto del todo. En Hospi, en el Baix Llobregat, en el resto de Catalunya, probablemente en el conjunto del país, es muy difícil opinar con libertad y no sufrir las consecuencias. La diferencia con este pequeño territorio nuestro (comarca y ciudad) es que aqui el poder es un monopolio y la oposición también y si estás con ellos comes, pero si estás frente a ellos (no hace falta estar contra ellos) te matan de hambre. 

Así que, colega, joven y cargada de ismos, haces bien en ser discreta y lista, porque de los prudentes será el reino de los cielos. Algunos ya no estamos a tiempo porque renunciamos a la prudencia cuando todavía existían los sueños.

Por cierto, aquí no hay diferencias entre los poderes y las oposiciones. Para los opinadores libres todos se sienten adversarios. Y con honrosísimas excepciones, todos matan de hambre.

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