¿Qué le da tanto calor a nuestra alcaldesa?

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Antonio Fornés Murciano és filòsof i escriptor. Ha escrit Las preguntas son respuestasRecorriendo el KurdistánReiníciateCreo aunque sea absurdo o quizá por eso Viaje a la sabiduría.  Actualmente puedes escucharle todos los lunes a las 16.30 horas en el programa «Solamente una vez» de Radio Nacional de España.

Quienes me conocen saben que no sigo muy de cerca la política municipal de nuestra ciudad. Espero que ustedes, queridos lectores, no me lo tengan demasiado en cuenta. Al fin y al cabo, ¡es tan aburrida!, y sobre todo, está protagonizada por personajes tan menores y lamentables desde cualquier punto de vista…

Por eso el otro día me sorprendió la noticia de que nuestra alcaldesa haya sido nombrada presidenta de la Diputación de Barcelona. En un primer momento alguien podría preguntarse cuáles son los méritos que adornan a la insigne Nuria Marín para ser merecedora de ese cargo, pero visto lo visto, mejor no responder a esa pregunta, pues quizá este pobre filósofo metido a escritor acabaría teniendo que acudir al juzgado acusado de un delito de injurias…

En cualquier caso, me llamó especialmente la atención la foto del acto que encabezaba la noticia. Una instantánea donde se podía contemplar a una lozana Nuria Marín que, en un gesto castizo, se daba aire con un hermoso abanico. Personalmente, imagino que, dado el nivel de alegre dispendio habitual en la Diputación, habría aire acondicionado en la sala. Así que inevitablemente me surgió una duda que sigue carcomiéndome: ¿qué le daba tanto calor a Nuria Marín?

Nunca lo sabremos claro, pero ¡quién sabe!, quizá mientras el tedioso acto se alargaba, a la buena de la señora Marín le dio por pensar que es alcaldesa de la ciudad con mayor densidad de población de Europa, lo que la convierte, como bien diría mi amigo y maestro Jesús Vila, en la Calcuta de Occidente. Una ciudad conformada a base de monstruosas colmenas de cemento, donde los habitantes de Hospitalet viven literalmente apiñados rodeados por el polvo, y la polución, y dónde brillan, por su ausencia, los árboles y las zonas verdes. Así, tal vez, mientras asistía al inane espectáculo de los discursos vacíos de cualquier acto de posesión como aquel, reflexionó al respecto de que Hospitalet seguía igual de sucia y peligrosa que siempre, y que nuestra ciudad sigue mostrando, quizá mejor que ninguna otra en Cataluña, la brutal vida deshumanizada y alienante del suburbio, a la que el sistema condena a aquellos que conforman el último escalón de la cadena productiva y que son, por tanto, perfectamente prescindibles. Es más, en un alarde de introspección auténticamente socrática, quizá llegó a preguntarse qué había hecho ella realmente, de manera efectiva y concreta, para mejorar el bienestar de sus conciudadanos y entonces, claro, inevitablemente, le entraron los sudores, porque su aportación en estos años puede reducirse a una sola palabra: nada. Desde este punto de vista, lo que me extraña de verdad es que nuestra Nuria no acabase en urgencias a causa de un esguince en la muñeca de tanto abanicarse, porque el calor que sentía debía ser intenso…

Miren, yo crecí en el Hospitalet franquista, y entonces, claro, las razones del triste abandono de nuestra ciudad le parecían claras a casi todo el mundo, pero hete aquí que, con la llegada de la bendita democracia, he visto pasar, uno detrás de otro, a los diferentes alcaldes elegidos en las urnas que ha tenido que soportar nuestra ciudad, y qué quieren que les diga, nuestra ciudad sigue igual de olvidada e inhabitable. Por eso, en mi eterna ingenuidad, no deja de admirarme que la alcaldesa se vea con fuerzas para ostentar otro cargo, y que mantenga su ambición política, aunque ya lo dice el refrán, “consejos vendo pero para mí no tengo.” En el fondo, Nuria Marín me recuerda a aquel gallego que iba sentado en el tren, y que una y otra vez bajaba y subía la palanca de la ventanilla del vagón a instancias de un nervioso pasajero que tenía enfrente. Al cabo de un rato, el nervioso quiso agradecer su actitud al gallego y le comentó: “Le agradezco su paciencia y que cada vez que le pido que suba y baje la ventanilla usted sonría y diga que “es lo mismo.” A lo que el genial gallego contestó: “Es que es lo mismo, porque la ventanilla no tiene cristal…”.

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