Paréntesis veraniego

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A la espera del trámite del último Pleno antes de las vacaciones, la ciudad va entrando cada vez más en ese «dulce aburrimiento» veraniego del que hablaba Antonio Fornés en un artículo escrito hace unos días en este mismo digital. Las calles se van en cierta medida vaciando y la intensidad informativa decae. Ha sido una primera mitad de año intensa y agotadora, sobre todo a nivel político: hay ganas de reducir de marcha, parar y coger fuerzas para un «otoño caliente», tal y como auguran algunas entidades de la ciudad descontentas con la línea del gobierno socialista y su modelo para L’Hospitalet.

Un modelo de ciudad que ha variado a lo largo de las últimas décadas. Del pueblo rural de poco más de 5.000 habitantes de principios de siglo XX, pasamos al mastodóntico municipio que alcanzó su cenit poblacional en los 80 -cuando casi llegamos a los 300.000 vecinos- y que todavía guarda el honor de ser una de las ciudades más densamente pobladas de Europa. No, esta crónica no es otra reverberación de esta realidad. Hablábamos del modelo de ciudad de unos y de otros y de como el municipio ha cambiado en los últimos 100 años. Y para entenderlo hay que zambullirse en el pasado. Un pasado que cuenta con un momento álgido que marcó un antes y un después en la ciudad.

L’Hospitalet antes y después de la guerra

El 18 de julio se inauguró en el Museu una exposición sobre la historia de la ciudad, que muestra los cambios que sufrió tras la Guerra Civil. Un paréntesis temporal que cambió L’Hospitalet y que supuso un «punto de inflexión» en su historia. Así lo describen sus responsables y comisarios, Daniel Sáez y Cintia Alonso, que han estado casi dos años, en colaboración con el Centre d’Estudis y el Museu, trabajando en una exposición que puede ser visitada en Casa Espanya hasta el 3 de noviembre.

Y qué mejor día que inaugurarla el mismo 18 de julio, día de infausta memoria en el que se cumplieron 83 años de la sublevación de las unidades más curtidas del ejército contra la legalidad republicana, dando paso a una cruenta guerra de tres años. «Está bien que la podamos inaugurar este día», dijo el director del Museu, Josep Maria Solías, a la concurrencia, ya que considera que así «se pueden ver continuidades y disrupciones antes y después de la guerra». Fueron sus palabras durante la puesta de largo de la exposición, que invita al visitante a descubrir cómo era L’Hospitalet antes y después del paréntesis de 1936-1939 en diferentes ámbitos.

En líneas generales, la exposición está formada por plafones con información, textos breves y algún recorte de prensa de la época, acompañados con fotografías cedidas por el Archivo Municipal y otras entidades de la ciudad, como el CB Hospitalet o el Pavelló de la República de la Universidad de Barcelona. Instantáneas, algunas de ellas impactantes, que sirven para comparar la vida de los hospitalenses antes y después de las bombas. A la izquierda de los plafones, la vida durante la Segunda República; a la derecha, L’Hospitalet del primer franquismo.

Daniel y Cintia, los comisarios de la exposición, hicieron de guías durante la presentación, a la que asistieron miembros del consistorio como el líder de ERC, Toni García, o los regidores de L’Hospitalet en Comú Nuria Lozano y Sergio Moreno. Pero para los que no pudieron asistir a la inauguración, cuatro personajes ficticios que pudieron haber vivido en aquellos años hacen de cicerone a los visitantes, mediante comentarios en cada uno de los plafones relacionados con el ámbito de que traten. Además, los creadores de la exposición han querido adaptarla a los nuevos tiempos, para lo cual han introducido a estos personajes en las redes sociales. Se trata de María Alaracón, Ramon Vilardell, Eugeni Miralles y Carmeta Fontanet, cuyas vivencias y comentarios podéis seguir en Twitter hasta noviembre.

Los personajes creados para esta exposición / FJR

Por otro lado, la exposición también ofrece unos archivos sonoros con música del Nodo -que acompañó a las palabras de presentación de la muestra- y dramatizaciones con testimonios de la época sobre la entrada de las tropas nacionales en la ciudad y de episodios de represión ya durante la dictadura. Esto, aderezado con vitrinas en las que se pueden encontrar aperos de labranza, monedas de la República e incluso un subfusil Erma Vollmer, usado tanto por las tropas franquistas como por las republicanas.

Armamento de la época junto a una boina anarquista / FJR

El presidente del Centre d’Estudis, Manuel Domínguez, agradeció la confianza depositada por el museo en el CELH. «La exposición habla de un tiempo importante en una época como la nuestra de resurgimiento del fascismo», aseguró Domínguez, que aplaudió el trabajo de los dos comisarios de la muestra. Una exposición que, lejos de idealizar los años 30, unos años convulsos y de crisis, como remarcó Domínguez, sirve para mostrar cómo vivieron los hospitalenses -los «verdaderos protagonistas de la historia», recordó Daniel- aquellos años de cambio.

Años de cambio y de tensiones que los padres de la exposición han querido vincular con el presente. No es baladí, en este sentido, que dediquen un plafón entero al problema de la vivienda en los años 30, al barraquismo al que tenían que recurrir las familias que no podían satisfacer el pago de un alquiler y a los problemas derivados del hacinamiento. Hoy en día no hay brotes de peste bubónica, como sí que los hubo en aquellos años en la ciudad, pero ¿no os suena aquello del problema de la vivienda? La historia puede que no se repita, pero que rima es un hecho.

Un recorte de diario de los años 30 informando sobre casos de peste bubónica en la ciudad / FJR

Una frontera más bonita, pero frontera al fin y al cabo

Esta semana también se ha presentado otro proyecto cultural relacionado con la ciudad. Y es que los ayuntamientos de L’Hospitalet y Barcelona han sumado esfuerzos para decorar su frontera de la Riera Blanca a la altura del puente de la salida del metro de Santa Eulalia. El colectivo La Tonal’h ha llevado a cabo una intervención artística, similar a la que ya se hizo también en la otra salida del metro del mismo barrio, consistente en tótems que representan a la naturaleza, a la Tierra y a los cinco continentes.

Culturas entrelazadas por una estructura de hierro en un cruce de caminos entre dos ciudades. Esta ha sido la idea de los creadores de las pinturas y de los consistorios, que han cofinanciado una iniciativa que ha tenido un coste de 30.000 euros. De ahora en adelante, pues, vecinos y visitantes podrán disfrutar de una salida del metro más humana, de unas columnas decoradas que, no olvidemos, soportan la estructura de las vías que vienen de Barcelona y del cajón que las cubre, que finaliza de manera abrupta en la misma frontera con L’Hospitalet. Un ejemplo este, el del cajón inacabado, que demuestra la necesidad de actuar y pensar las ciudades con perspectiva metropolitana. ¿Qué sentido tiene cubrir las vías en Barcelona hasta la línea de la frontera con L’Hospitalet y dejar el resto al aire libre, cuando alrededor el continuo urbano no se detiene, ajeno a las fronteras? Al menos, esta no era la idea del arquitecto del famoso cajón, Sergi Godia, que en alguna ocasión ha abogado por cubrir los raíles hasta, por lo menos, Can Mercader, en Cornellà.

A más de uno se le pasa por la cabeza la cómica escena de unos técnicos, aparataje en mano, midiendo al milímetro dónde acaba Barcelona y comienza la vecina L’Hospitalet para no cubrir ni un centímetro de vía en esa ciudad. ¿Al vecino ni agua? Sea como sea, la realidad es que, ahorita mismo, en el mismo instante en que llegamos a esta coma, para entrar caminando a Santa Eulalia desde Barcelona hay que bajar unas escaleras hasta el suelo, del enjardinado cajón de las vías barcelonés al duro suelo hospitalense. Desde esta semana más bonito y humano, sí, pero con la misma problemática.

Relacionado con las infraestructuras también, la semana pasada terminó con un anuncio esperanzador en materia de movilidad. La alcaldesa Marín, junto con el conseller de Territori Damià Calvet y la teniente de alcalde de Barcelona Janet Sanz visitaron las obras de la futura estación de Ernest Lluch de la Línea 5 de metro, enclavada en el tramo entre Collblanc y Pubilla Cases. Esta parada, cuya obra estaba finalizada y faltaba condicionarla y culminarla, podría entrar en funcionamiento en dos años. Al menos así lo anunciaron las autoridades durante la visita. La parada, con un pie en L’Hospitalet y otro en Barcelona, dará servicio a los vecinos del norte de la ciudad y del distrito de Les Corts.

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