El escándalo de los sueldos municipales: el tema recurrente

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Luis Candelas fue el enemigo público número uno de la capital más castiza del reino, hace ya bastante tiempo. Más tarde se reencarnó en el Baix Llobregat donde se dedicó a darle al lápiz, en todos los intentos de prensa libre de la comarca entre los años ochenta y finales de los noventa. Ahora, más viejo que nunca, vuelve porque le han insistido, con más desgana que antes, pero con la misma voluntad de meter el dedo en la llaga del poder. Bajo su Capa se esconde una mala baba del copón, pero también los sueños indestructibles de la justicia, la libertad y la esperanza en un mundo mejor

Vamos a empezar con el tema recurrente, como dijo Belver en el primer pleno de la temporada en el ayuntamiento de l’Hospitalet. El tema recurrente de cada comienzo de mandato es el que da de comer durante cuatro años seguidos, es el que eleva el nivel económico para esa etapa de la vida del elegido, es el que fomenta que no se acaben los aspirantes a concejal, especialmente si tienen la agudeza de vincularse al partido socialista y es el que permite fundir dos placeres existenciales: tener una miaja de poder y vivir a cuerpo de rey. El tema recurrente es, claro, el de los sueldos de los electos que se convierte por tradición en el primerísimo aspecto que tratan las corporaciones locales después de la toma de posesión del cargo.

Y no es un tema baladí porque se trata de autoadjudicarse lo que se va a cobrar cada mes, más allá de cualquier análisis de rendimientos o de beneficios. Los electos no necesitan madrugar, ni jefes, ni sindicatos, ni controles de entradas y salidas y no han de aguantar, en general, ninguna bronca en el desempeño de sus funciones, ninguna mala mirada por si se entretienen más de la cuenta en sus tareas, cuando las tienen, ningún expediente por llegar algo tarde, ninguna evaluación sobre el resultado de sus gestiones. No han de pasar un solo examen, una sola oposición, ninguna entrevista con un contratador. Nadie va a evaluar objetivamente si están preparados para el desempeño de su cargo. Nadie va a considerar si tienen capacidad de trabajo, voluntad de servicio, don de gentes, condiciones para la labor en equipo, inteligencia emocional, empatía suficiente. Nadie va a pretender que tengan los estudios imprescindibles, un currículo más o menos brillante, el espíritu de sacrificio que comporta prepararse intelectualmente, la capacidad de esforzarse para desarrollar mejor sus objetivos.

Y, sin necesidad alguna de demostrar nada de lo anterior, autodeciden tener un salario más elevado que un auxiliar administrativo, que un periodista, que un investigador de laboratorio, que un fisioterapeuta, que un farmacéutico, que un psicólogo, que un médico especialista o que un neurocirujano con experiencia, como ejemplos, y por este mismo orden.

Debería entender el primer teniente de alcalde y portavoz del gobierno socialista por qué este suele ser un tema recurrente. Porque este acto tan sencillo de autofijarse salarios a cuenta del erario público puede asimilarse a una lotería. Una lotería que toca por el simple hecho de estar en unas listas, sin arriesgar absolutamente nada y sin tener que abonar a Hacienda casi la mitad de lo que te cae en suerte.

Es un tema recurrente porque es una estafa social, así, sin subterfugios. Otra más. Una estafa que exige una regulación por ley que tenga en cuenta valores objetivos de remuneración como los que existen en todos los capítulos de la administración pública y para que no se convierta en el mismo escándalo de todas las primaveras cada cuatro años.

Precisamente porque el salario mínimo interprofesional no está a los niveles que debieran garantizar la dignidad de los ingresos, y porque si han luchado por ello en algún momento de sus vidas ha sido en vano —palabras que empleó Belver para justificar por qué cobran tantísimo—, es por lo que supone un escándalo sublime que se adjudiquen los sueldos que se adjudican sin que nadie valore sus méritos.

Y ahora, atención a los datos: para la alcaldesa 5.700 euros brutos cada mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Para los tenientes de alcalde, —nueve al menos—, 5.350 euros brutos al mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Para el resto de concejales del gobierno, adjuntos o con delegación especial, otros nueve al menos, 5.000 euros brutos al mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Lo mismo que los portavoces de los otros grupos, cuatro al menos. (Y se desconoce si dietas y dietas y dietas aparte). El resto de concejales de la oposición, con dedicación parcial (20 horas semanales para hacer no se sabe qué), 2500 euros brutos al mes por 14 pagas.

La lotería no termina aquí. Aparte de esos emolumentos oficiales fijos, cada concejal, por el hecho de asistir al pleno, una vez al mes —para muchos la principal dedicación municipal: asistir y asentir o asistir y disentir— 1.625 euros por sesión y los grupos municipales (cinco en total) por el hecho de serlo, 12.000 euros anuales de libre disposición y 12.940 euros cada uno de ellos por el número de concejales que tengan.

Un dineral sin control, a todas luces escandaloso, que produce sonrojo si los comparamos con los precios medios del mercado: el salario medio de un investigador en España son 1.350 euros brutos al mes. El de un médico especialista, 4.070. El de un neurocirujano, 5.350. El de un fisioterapeuta, 1.785, el de un auxiliar administrativo, 621. El 30% de los periodistas cobran entre 15 y 25.000 euros brutos al año y el 23% menos de 15.000. Para facilitar que retornen algunos de nuestros mejores cerebros investigadores en el extranjero se ha propuesto un salario medio de 3.785 euros brutos al año por 14 pagas.

¿Estamos frente al escandaloso tema recurrente de cada cuatro años, si o no? Pero les siguen votando…

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