¿Quién ha raptado a Europa?

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Manuel Domínguez és historiador i professor de Secundària, president del Centre d’Estudis de L’Hospitalet i autor del bloc Local – Mundial

Hace tres generaciones (o cuatro para los jóvenes), franceses y alemanes se sentaron a dialogar después de cien años de odiarse y pelearse y construyeron un proyecto. En los 50, Europa empezaba en los Pirineos, porque Europa era democracia, Estado del bienestar y respeto por los derechos humanos. El “Mercado Común”, como se le llamaba entonces, era mucho más que un mercado.

Evidentemente, la riqueza europea tenía y tiene una cara oscura: la explotación de las colonias y ex-colonias. El reparto de esa riqueza era bastante generoso con la clase trabajadora porque la alternativa socialista revolucionaria era una posibilidad real, y había que aplacar los ánimos del movimiento obrero.

En torno a 1990 esa alternativa empezó a desvanecerse en el imaginario de la clase obrera, en Europa con la caída del muro y en el Tercer Mundo con la derrota de los sandinistas, en una América Central desangrada por la guerra sucia y los escuadrones de la muerte de Reagan.

El neoliberalismo rampante y triunfante impulsó una nueva Europa, y la Unión Europea, como se la llama ahora, es poco más que un mercado.

Con el rapto de Europa consumado, el sueño europeo fue herido (¿de muerte?) el verano de 2015. Las instituciones políticas europeas se pasaron por el forro el resultado del referéndum griego e impusieron las condiciones de la “Troika”, representante de los
intereses del capital financiero.

Poco después todos pudimos ver la foto del cadáver del pequeño Aylan en una playa turca. Aquel niño de 7 años nos puso ante la tragedia de los refugiados de la Guerra de Siria, sin que cupiera ya la excusa de la ignorancia. Se habló mucho y no se hizo nada.

Ahora, en 2019, tenemos que recuperarnos de la derrota interior y de la exterior, y decidir. O recuperamos el proyecto europeo de la democracia, el reparto de la riqueza y el respeto a los derechos humanos, o nos deslizamos en la espiral de conservar lo que nuestros antepasados conquistaron, porque existía la alternativa revolucionaria, en nombre de los principios más reaccionarios, conservadores y egoístas.

Buena parte de la población europea (y norteamericana y japonesa y australiana…) se aferra a unos menguantes derechos sociales y políticos que creen tener gracias a su nacionalidad y no porque se conquistaran desde las movilizaciones y la reivindicación. Cuando el sentimiento nacional substituye a la conciencia de clase, las nuevas
formas de fascismo aparecen y campan, que además gozan de
mucho, muchísimo apoyo mediático y financiero.

Puede que la Unión Europea ya esté moribunda, y que el Brexit haya sido uno de los primeros capítulos de la agonía. Puede que no merezca la pena seguir dentro de la dictadura del euro. Pero también puede ser que valga la pena refundar un proyecto común basado en los principios de justicia y cooperación, y esta vez teniendo en cuenta la globalidad económica y medioambiental.

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