Taparse la nariz

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Luis Candelas fue el enemigo público número uno de la capital más castiza del reino, hace ya bastante tiempo. Más tarde se reencarnó en el Baix Llobregat donde se dedicó a darle al lápiz, en todos los intentos de prensa libre de la comarca entre los años ochenta y finales de los noventa. Ahora, más viejo que nunca, vuelve porque le han insistido, con más desgana que antes, pero con la misma voluntad de meter el dedo en la llaga del poder. Bajo su Capa se esconde una mala baba del copón, pero también los sueños indestructibles de la justicia, la libertad y la esperanza en un mundo mejor.

Decididamente estoy fuera del tiempo y lo noto porque cada vez me siento más cerca de mi juventud y tendría que ser al revés. No quiero decir que me sienta más joven. No, ya me gustaría. Lo que ocurre es que observo estupefacto, por ejemplo, que los franquistas tienen el mismo desparpajo que tenían cuando el dictador vivía y aquel general sanguinario murió hace ya más de 40 años, o sea, que parece que volvemos a tiempos pretéritos aunque solo sea porque desde la Transición se acogotaron, solo protagonizaban escaramuzas incendiarias y andaban por las esquinas con la mirada huidiza y el culo apretado. Parecía que le tenían miedo a perder el apellido de una cosa que se llamaba simplemente democracia y que ellos habían bautizado como orgánica para hacerla más suya y más original. Una democracia, aquella del general, sin partidos, sin derechos fundamentales, sin horizontes, sin leyes universales, sin separación de poderes, sin vergüenza. La insólita democracia de una dictadura impasible, asfixiante, cruel y exclusiva, pensada para someter a la población en general y a los trabajadores particularmente y para instalar a la ciudadanía en una minoría de edad permanente y tutelada por quienes tenían la fuerza y habían arrumbado con la razón a base de tiros y violencia.

Esa gente que lo había sido todo cuando los demás no éramos nada, se sintieron huérfanos de pronto e intentaron pasar lo más desapercibidos posible. Sus herederos, que habían comprendido que el mundo buscaba otras convivencias, los preservaron como pudieron y los dejaron pudrirse en el anonimato que es una forma de diluirse sin dolor. Pero el franquismo no desapareció. Estaba en la conciencia de muchos que se acomodaron a los nuevos bríos y que eran conscientes de que había que cambiar de métodos para buscar parecidos fines, puesto que la imagen del fascismo estaba desacreditada por su zafiedad y su bravuconería.

Tanto fue así, que la Falange y el Movimiento del 18 de julio que se presentaron como partidos a las elecciones democráticas de entonces, recogieron la miseria decrépita de los cuatro nostálgicos que quedaban en activo. Ahora nos dicen que Vox, que es la nueva semilla de aquel fascismo decadente, va a ser el partido sorpresa, después de que en apenas 4 meses haya pasado de la nada a la oportunidad de ser algo.

Sin duda que vivimos tiempos de zozobra. Y no porque el mundo esté peor ahora que en 1980, sino porque tiene menos esperanza, porque estamos todos mucho más confundidos, porque no nos gusta en que nos han convertido y porque no precisamos cuál es el enemigo principal. Nuestra realidad más inmediata ha sido bobaliconamente invadida por una realidad virtual que tiene poco o nada que ver con la vida diaria. La vida diaria son los problemas del empleo precario, de los salarios indecentes, del empeoramiento de la calidad asistencial en sanidad, en servicios sociales, en atenciones al consumo, de la corrupción institucional, del descrédito de la enseñanza, del descuido en la separación de poderes, de los abusos sobre la vivienda y el urbanismo, de la contaminación. Pero en cambio, nos entretienen con la quimera de un nuevo Estado, pero no por la vía del diseño revolucionario que nos mejoraría a nosotros y a nuestros derechos y deberes, sino mediante el tormento de los lazos amarillos, de la existencia de presos políticos y exiliados, de un pueblo sometido a otro pueblo dominador que utiliza la justicia, los recursos y el poder para arrojarnos al Averno.

Lo que está hecho de emociones, amenaza con invadirlo todo, mientras que lo que debiera estar hecho de razones brilla por su ausencia.

A todo esto, se acaban de publicar en el BOE las candidaturas por Barcelona al Congreso y al Senado: son 18 en total para la Cámara baja y 17 para la alta, que es un decir, lo que pone de manifiesto hasta donde llega la confusión, vestida de pluralidad. O lo que es lo mismo, un total de 576 candidatos para 32 escaños que elegimos en la provincia, de los cuales a 8 los podríamos situar en el espectro de la izquierda, a 6 en el de la derecha y a 4 en posiciones ideológicas indeterminadas. O sea que todo el mundo está fatal, porque de 18 candidaturas, tan solo cinco o seis tienen posibilidades de conseguir representación. Y de ellas más o menos al 50% las izquierdas (PSC, los comunes y ERC) y las derechas (JuntsxCat, Ciudadanos y quizás el PP).

Por eso siguen insistiendo en que hasta el último día no se sabrá el resultado. Bueno, es verdad, eso pasa siempre. Las encuestas no son más que instantáneas que recogen el lado bueno de las figuras según quien las diseña, pero es verdad que el ambiente apunta a que ganará el PSOE, que crecerá Ciudadanos y Vox —quizás menos de lo que esperan— y que perderán representación el PP y Unidas Podemos. Explican que hay todavía cuatro millones de electores que quieren votar pero que no saben a quien, y esos cuatro millones, si no es que se los han inventado —¿quien ha ido a registrarse para explicar que decidirá su voto en el último momento?— pueden remover algo el tablero e incluso dar alguna sorpresa como pasó en Andalucía. Otro síntoma de la confusión. Nunca hubo tantas dudas.

Pero las dudas, contra lo que sería lógico, no solo están en el terreno de los votantes. Hay las mismas dudas, las mismas imprecisiones, parecidas ambigüedades en el bando de quienes se presentan. Probablemente los equívocos entre los candidatos generan el desconcierto entre los que hemos de votar y por eso está todo tan abierto y empieza a ser tan peligroso, porque nos podemos encontrar de pronto en el último cuarto del siglo XX, sin habernos movido del primer cuarto del siglo XXI. O sea que la historia podría repetirse y, de nuevo, vuelve a ser cosa nuestra.

Ya se que es imposible. Pero Igual nos iría bien dejar por una vez los sentimientos a un lado y votar con la razón. Incluso si la razón te aconseja no votar, habría que ser, por una vez, algo pragmáticos, que es una manera de ser mucho más que racionales. Jamás pensé que diría esto, pero lo voy a decir. Incluso es mejor ir a votar tapándose la nariz, que dejar que quienes huelen a muerto se lleven toda la gloria.

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