El mourinhismo político

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Manuel Domínguez és historiador i professor de Secundària, president del Centre d’Estudis de L’Hospitalet i autor del bloc Local – Mundial

En la política española reciente, no solo hay un problema con el contenido, con las mentiras elaboradas conscientemente y difundidas en discursos y en la propaganda, también hay un problema con las formas.

El personal político del trifachito ha hecho de la provocación, la bronca, la grosería, el insulto y la agresión su modo de actuar habitual. Las personas que tenemos una cierta edad y memoria podemos afirmar sin ninguna duda que hace diez años Arrimadas, Casado y compañía no hubieran pasado el control de calidad.

Pero la nueva generación de políticos de la derecha combinan una presencia física casi de top model y una actitud de borracho/a de bar. Y los que no son top models se buscan consortes adecuados/as, como hizo Trump Que haya gente así, se entiende. Lo que cuesta entender es como han llegado al poder, y lo que es peor, como les votan..

El fútbol, del que me imagino que nadie negará la enorme influencia que tiene en nuestra civilización y del que me imagino que nadie dirá que no hay que mezclarlo con la política, marcó el camino. Berlusconi en Italia, con una trayectoria personal despreciable, ya anunció lo que sería la tabla de salvación de la derecha. Era un empresario de éxito con el control de los medios de comunicación y triunfador con su equipo de futbol, el Milan.

En España, el camino lo indicó el dedo de Mourinho, como recordaba la pancarta colgada durante meses en el Bernabeu. Para frenar a un gran Barça, uno de los mejores equipos de la historia del fútbol, todo valía y todo fue aplaudido por la mayoría. Entre el 2010 y el 2013 fue un laboratorio de hasta donde tragaban los medios y la opinión pública en aquello de que “el fin justifica los medios”.

La visceralidad del nacionalismo español, el racismo y la normalización del insulto y la barbaridad en las redes sociales han hecho el resto. Cuando veo a Girauta o Montserrat siempre pienso que se han olvidado la medicación, pero a millones de personas les debe parecer normal puesto que les jalean. Aprendieron a jalear la bravuconada como forma de confrontación con Mou y han visto como triunfa con Trump.

Siempre he sido un defensor de lo políticamente correcto en el debate público. Como su propio nombre indica, es lo correcto. Para lo políticamente incorrecto ya tenemos la sátira y la ficción en general. Pero, ¡oh sorpresa!, mientras los políticos dicen y hacen barbaridades cada vez mayores se persigue a los que desde el humor critican al poder.

Afortunadamente, las formas del trifachito no han llegado al ecosistema político de l’Hospitalet. Los concejales de la neofascista Plataforma per Catalunya entre 2011 y 2015 eran de tan “bajo perfil” (por decirlo de una manera elegante) que no generaron grandes debates. El actual principal partido de la oposición local empezó imitando las formas de sus líderes Rivera o Carrizosa, pero han rectificado y en la segunda mitad de la legislatura han llevado sus denuncias a las instancias legales pertinentes.

Pero no empezaron así. Aun se recuerda la denuncia que su portavoz hizo de las comilonas que el gobierno local hacía a costa del erario público, y como principal argumento afirmó “y yo lo sé porque también he comido”, recordando los tiempos en los que militaba en el partido gobernante. Rápidamente advirtió su metedura de pata y añadió, “pero después lo pagaba”.

En el gobierno local han decidido imitar más a Batet que a Borrell y se han mantenido en los márgenes de la política razonable. Los partidos de izquierda tampoco se han contaminado de las formas propias de barra de bar, de grupo de whatsapp pasado de vueltas o de foro de haters. Esperemos que en las próximas legislaturas sigamos en los cauces de la cordura.

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