Un hotel de cinco estrellas en Can Buxeras

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Luis Candelas fue el enemigo público número uno de la capital más castiza del reino, hace ya bastante tiempo. Más tarde se reencarnó en el Baix Llobregat donde se dedicó a darle al lápiz, en todos los intentos de prensa libre de la comarca entre los años ochenta y finales de los noventa. Ahora, más viejo que nunca, vuelve porque le han insistido, con más desgana que antes, pero con la misma voluntad de meter el dedo en la llaga del poder. Bajo su Capa se esconde una mala baba del copón, pero también los sueños indestructibles de la justicia, la libertad y la esperanza en un mundo mejor.

Ya decía Rajoy que los catalanes hacen cosas. Pues bien, se nota que los hospitalenses no son muy catalanes porque en l’Hospitalet si algo falta son cosas. Diversas y variadas. En esta ciudad se va a rachas y por eso suele haber, según las épocas, mucho de unas cosas y poco de otras. Y, como es natural, para poner unas cosas hay que sacar otras para que quepan. Por ejemplo, en el siglo XIX, en l’Hospitalet les dio por poner muchas fábricas. Había fábricas en cualquier sitio, pero para poner las fábricas primero tuvieron que sacar los campos. Y eso ocurrió en unos sitios más que en otros pero en todos los casos la industria se ponía donde cabía y cabía generalmente donde antes se cultivaban tomates o se recogían algarrobas. Después, como había fábricas, y las fábricas solo funcionaban si había obreros, se pusieron obreros como si fueran cosas. Obreros que venían, no de la Cataluña interior o de los pueblos limítrofes como Sants o Cornellà, sino de Extremadura, de Andalucía y de Castilla. Eran obreros, no que trabajaban en l’Hospitalet y se volvían a su pueblo, no. Eran obreros que venían para quedarse. Y como tenían que quedarse, se ocuparon más espacios para poner casas. Pero como había tantas fábricas y se necesitaban tantos obreros —lo mismo que pasaba en l’Hospitalet, pasaba más o menos en los alrededores— no hubo suficiente con hacer casas donde había calles. Se inventaron los polígonos de viviendas que era una manera de hacer casas amontonadas, sin calles ni nada, porque lo principal era que los obreros tuvieran un lugar donde dormir. Un lugar para vivir, un lugar con calles y servicios, ya se iría construyendo con el tiempo.

Siempre, lo primero ha sido lo primero. Y en la lógica del capital, poco importaba el campo si lo que había que levantar eran fábricas y poco importaba que no hubiera calles, lo importante era hacer casas que las pudieran comprar los obreros gastándose mucho del dinero que ganaban en las fábricas. Lo de vivir tampoco era tan urgente. Lo urgente era producir que había que levantar Cataluña (y de paso España).

Así pasaron un montón de años hasta que algunos descubrieron que vivían en una dictadura pero que tenían cerca un ayuntamiento al que podía responsabilizar, con toda la razón del mundo, de tolerar que en su municipio se durmiera, pero no se pudiera vivir. A aquellos barrios y ciudades se les llamó barrios y ciudades dormitorio, con toda propiedad, y desde entonces la reivindicación de la ciudadanía pasó por conseguir que además de dormir, se pudiera vivir, es decir, hubiera escuelas, infraestructuras, servicios, equipamientos, calles urbanizadas, saneamiento adecuado, espacios de relación, culturales, etc, cosas que había que hacer no demasiado lejos de donde se dormía, porque si no, dejaban de ser útiles para la cuestión fundamental: convertirse en ciudadanos —a ello contribuían las necesidades familiares— y no solo en productores al servicio del capital.

Y como aquellos ayuntamientos estaban demasiado atados a los que habían permitido este estado de cosas, se vinculó la construcción de las ciudades para vivir, con la lucha por los derechos democráticos. Con una esperanza demasiado indeterminada: ser ciudadanos con derecho a mantener la vigilancia sobre las cosas que se hacían, porque se acabó comprendiendo que, para poner unas cosas, hay que quitar necesariamente otras.

Bueno, ahora se están quitando las fábricas y parece que ya no hacen falta más cosas para vivir, por lo que donde había fábricas estamos permitiendo, tolerando sin vigilar, que pongan casas, porque sigue siendo necesario dormir en algún sitio.

Pere hete aquí que acaba de saltar la noticia. Los vecinos de Santa Eulalia que hace un siglo vienen reivindicando un polideportivo en condiciones porque el de la calle Jacint Verdaguer se ha hecho viejo y hay que reformarlo y porque, cuando se construyó, vivían en Santa Eulalia la mitad de vecinos que ahora, acaban de descubrir esa ley inevitable. Para hacer un polideportivo hace falta un lugar —para poner unas cosas hay que sacar otras— y ya no hay lugares libres en Santa Eulalia, así que el Ayuntamiento ha tenido una idea genial, muy propia de quienes nos gobiernan. Metemos el polideportivo en un parque. Total, un parque solo es un sitio libre, a menudo lleno de niños ruidosos cuando no de perros que sueltan bolas negras. Y para compensar, en lo que había sido una pista a pie de calle, en la que no se puede edificar porque pasa un canal subterráneo —calle Gasómetro— se levanta el cemento y se ponen unos bancos o ni siquiera eso, que total, un parque con cemento siempre parece más limpio que lleno de hierbas. Total, para pelarse las rodillas, lo mismo vale una pista de cemento que un solar de gravilla y los perros no suelen hacer miramientos a la hora de defecar.

Así que para el polideportivo de Santa Eulalia el ayuntamiento ya ha encontrado el mejor sitio: el parque de la Alhambra. Es más, si me apuran, al lado del polideportivo que solo ocupará un tercio del espacio libre, podrían hacer un párquing subterráneo y usar los árboles, una vez bien cortaditos —ya se sabe aquello de hacer leña del árbol caido—, para la calefacción escolar, que hemos de aprovecharlo todo.

De paso, ahora que nos está llegando la fiebre de los hoteles —la Marbella del Llobregat—, yo propongo construir el mejor hotel 5 estrellas de la ciudad en el parque de Can Buxeras, con vistas al antiquísimo Camí de la Fonteta, una reliquia del pasado que los turistas valorarán muchísimo y con una casa señorial muy auténtica que se podría convertir con poca inversión en un spa de lujo del que no se querrían ir los millonarios. Y ya puestos, un bloquecito de vivienda protegida en la plaza Mosén Homar aprovechando que se le mueren los dos magnolios y las palmeras y una hilera de adosaditos en el paseo central de la Rambla Marina —con entrada en el lado sol y jardincito en la parte posterior— porque es un derroche de espacio ese paseo tan opulento.

Y ya iremos pensando cómo aprovechar lo que quede libre porque siguen haciendo falta cosas y ya se sabe: para poner unas, hay que sacar otras. Las más prescindibles, claro.

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