Estas navidades regalen orgullo hospitalense

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Antonio Fornés Murciano és filòsof i escriptor. Ha escrit Las preguntas son respuestas, Recorriendo el Kurdistán, Reiníciate i Creo aunque sea absurdo o, quizá por eso. Acaba de publicar Viaje a la sabiduría

 

Quienes me conocen ya saben que, en general, no destilo precisamente optimismo a raudales, más bien me sitúo entre los seguidores del poeta clásico Horacio, quien escribió aquello de que “nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron aún más depravados, y nosotros daremos una progenie todavía más incapaz…”. Curiosamente, cuando escribo sobre nuestra querida ciudad, este pesimismo -o si lo prefieren este “optimismo bien informado”- se agudiza. L’Hospitalet sigue siendo, como hace décadas, una población sin una personalidad propia, esquilmada por un urbanismo desalmado, y en la que nuestros políticos, pertenezcan al bando que sea, no poseen una mínima talla intelectual. Con todo, en una época como esta, en la que las nuevas generaciones, adormecidas por el bienestar y el exceso de todo cuanto sea material, han olvidado nuestra historia para enzarzarse en estúpidos debates identitarios o populistas, me gustaría recordar a la ciudad que conocí, y rendir así homenaje a todos aquellos que la han habitado.

La que yo recuerdo es una Hospitalet sin L’, de calles enfangadas después de cada tormenta, de rieras sin cubrir, en la que los albañiles que construían el bloque de pisos frente a mi casa, desde las alturas de su andamio, igual se arrancaban por bulerías que lanzaban ingenuos piropos a las chicas que cruzaban la calle -en estos tiempos de neopuritanismo disfrazado de corrección política, imagino que los pobres habrían acabado denunciados…-. Una ciudad en la que los niños pasábamos la tarde por entre los olvidados bloques de mármol del antiguo aserradero Rodón, junto a las vías del tren, o corríamos hasta los columpios del pequeño “parque de la rana”, frente a la ermita de Sta. Eulalia Provenzana, donde un anciano vigilante vestido de gris nos llamaba la atención continuamente – eso hoy día también sería imposible en esta sociedad donde a los niños, para su desgracia, se les permite todo, mala educación incluida-. Un pueblo inmenso y apiñado en el que mi colegio nacional tenía un nombre tan pío y hermoso como “Inmaculada Concepción” – cuestión actualmente también imposible, cualquier nombre hoy, además de resultar perfectamente laico, debe pertenecer al panteón mitológico del burdo imaginario identitario- , y en el que mi primo me llevaba a jugar al fútbol al “campo de la patata” a los mandos de un destartalado 850 Especial de color blanco en el que sonaban a todo trapo las canciones de Los Chichos.

Pero, queridos lectores, lo que no conviene olvidar, es que, en medio de aquellas dificultades, la gente como la de aquel Hospitalet es quien, año a año, transformó nuestro país, arrancando del ambiente el gris de la extinta dictadura para sustituirlo por la pluralidad multicolor de la libertad. Gente honrada y trabajadora que, decidida a ofrecer un futuro mejor a sus hijos, construyó día a día nuestra actual democracia. Por eso, ahora que tantos ignorantes parecen despreciar el esfuerzo de toda esa buena gente, ahora que los bobos solemnes ponen en duda gratuitamente todo lo conseguido, es momento de reivindicar al buen hospitalense.

Estamos en el tiempo perfecto para ello, Navidad, así que entre vecinos, aprovechemos para regalarnos un poco de orgullo hospitalense, pues ser de Hospitalet no es poco; muy al contrario, significa ser continuador de un trocito de la mejor historia de nuestro país, ¡ahí es nada!

 

1 Comentario

  1. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. El bienestar animal es tan importante en una ciudad como el bienestar de los vecinos. Me preocupa más que haya partidos que dedican el pleno a debatir sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos o sobre el reconocimiento a las víctimas de ETA.

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