La calle Roselles

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Ningún nomenclátor —dícese del catálogo de nombres de las calles de una ciudad— es perfecto. En L’Hospitalet tampoco. Dicen, quienes lo han estudiado en detalle —El Centre d’Estudis de L’Hospitalet básicamente—, que hay 27 repeticiones. Hoy vamos a hablar de una de ellas.

Se trata de una calle que desemboca en la Plaza del Ayuntamiento y que nace tres travesías más allá, cerca de la Plaza Virgen de Montserrat popularmente conocida en el barri Centre como Plaça del Bacallà. Algún día explicaremos por qué. Roselles, rotulada en catalán, existe desde el 6 de octubre de 1988 cuando el ayuntamiento en pleno aprobó el nomenclátor oficial de la ciudad en catalán. Hasta esa fecha, con una única salvedad —la del plano oficial de la ciudad que editó el Ayuntamiento en 1970, que la rotulaba curiosamente en catalán— la calle se llamaba Rosellas, que en castellano americanizado apenas quiere significar unas aves, unos hongos o lo que es peor, unas polillas. Nada que ver con la idea del nombre original que en catalán significa exactamente esa flor roja de los trigales que en castellano llamamos amapola. Por lo que parece, al final de esa calle, cuando se abrió, habían campos y en primavera se teñían de rojo. La gente al citarla indicaba esa ubicación: “ a prop del carrer de les roselles…”, aunque en realidad ese fue un nombre popular, no su nombre oficial que tomó realmente en septiembre de 1939.

Cuando esa calle se abrió, el 4 de enero de 1879, tomó el nombre de la casa que hacía esquina con el nuevo trazado y la plaza del Ayuntamiento: Can Perutxo, ubicada sobre el número 40, en aquellos años, de la calle Mayor. Fueron los herederos de Josep Mestres i Riera quienes pidieron permiso municipal para parcelar su propiedad y abrir un pasaje de 34 palmos de anchura “por donde deberán transitar libremente a todas horas, personas, carros y carruajes”. En realidad se trataba de la primera calle que enlazaba la Vila Vella con la Marina, esto es, la zona urbana con los campos del sur. Y representó, en este sentido, el primer intento de ensanche, sobre el lado mar del trazado urbano del núcleo antiguo, aunque el que efectivamente se consolidó llegaría después, en 1883 con la apertura de las calles Rossend Arús, Príncep de Bergara, Sant Roc, Provença i Josep M. de Sagarra. Un poco antes, en 1867, ya se había abierto el carrer Nou de l’Església, en el lado montaña.

La calle se llamó oficialmente Pasaje Perutxo hasta junio del año 36 cuando el portavoz del Casal de ERC del distrito 1 de Barcelona, Pere Pié, pidió por carta al consistorio hospitalense cambiar el nombre del pasaje Perutxo por carrer Francesc Layret. Jaume Mateu, concejal de Foment del gobierno municipal republicano asumió la propuesta y elevó a la Comisión de Gobierno el cambio de nombre en julio del 36, un poco antes de la sublevación militar. Ya en plena guerra, el 2 de septiembre de ese mismo año, la calle Perutxo desaparecía y tomaba el nombre del abogado laboralista Francesc Layret, defensor de los obreros y asesinado en 1920 en Barcelona por miembros del Sindicato Libre a sueldo de la patronal.

Recién acabada la guerra y hasta finales de mayo, una de las primeras medidas del consistorio franquista consiste en cambiar todos los nombres de las calles que “atenten contra el Régimen Nacional Sindicalista y el Gobierno del Movimiento Nacional” cambiados en su día por los Ayuntamientos de la República “y marxistas”.

Hasta noviembre del 39 no se cambia Francesc Layret por Rosellas, esta vez no por el anterior nombre oficial, probablemente porque Perutxo tenía una grafia catalana y porque debían ignorar de queiken se trataba específicamente y ante la duda… El trabajo de meditar sobre los nombres recayó sobre la Falange local que propuso dos alternativas para esa calle Rosellas o Capitán Hernando Prats —finalmente nombre adscrito a una calle de Santa Eulalia.

Cuando bien entrada la democracia se modificó y se oficializó el nomenclátor en catalán, la calle Roselles recuperó la grafía correcta y Francesc Layret su calle en Collblanc. Pero en Pubilla Casas, como consecuencia del diseño de Puig Gairalt en 1925 que diseñó para esa zona un ensanche de ciudad jardín, muchas de las calles abiertas tomaron nombres de flores y Amapolas fue una de ellas. Hoy, la calle Amapolas sigue existiendo y es una de las pocas rotuladas en castellano en el nomenclátor hospitalense para no darse de bruces con la calle Roselles del Centro.

Esa calle Amapolas, nacida en 1948 y desde 1960 sin salida, tiene un pedacito de historia porque en el entresuelo del número 28 se fundó en los años 70 la Asociación de Vecinos de Pubilla Casas, La Florida y Can Vidalet, que se llamaba así incluso después de aparecer la de La Florida y que se fundó con el nombre de los tres barrios vecinos —Can Vidalet siempre perteneció a Esplugues, aunque algunos vecinos siempre han reivindicado su incorporación a l’Hospitalet— por temor a que el gobierno civil franquista restringiera los permisos para nuevas asociaciones de vecinos.

Por lo que corresponde a la calle Roselles, cabe señalar que en uno de sus bajos nació la Llibreria Perutxo —existente hoy todavía en la Rambla Just Oliveras— que tomó el nombre precisamente del primer rótulo de esa calle y mantiene todavía un pequeño núcleo de viviendas catalogadas, las casas del 7 al 11, del 23 al 25 y del 29 al 33, muestra del tipo de residencia original de planta y piso.

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