Réquiem por los mercados de L’Hospitalet

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Antonio Fornés Murciano és filòsof i escriptor. Ha escrit Las preguntas son respuestas, Recorriendo el Kurdistán, Reiníciate i Creo aunque sea absurdo o, quizá por eso.

Los mercados de L’Hospitalet en general, y el del Torrente Gornal en particular, -el más próximo a mi casa natal-, ocupan sin duda un lugar privilegiado entre los recuerdos de mi infancia. Algo que, desde luego, no es ninguna fruslería, pues el hombre, aunque continuamente mira al futuro, lo hace apoyado siempre en el pasado. En realidad es este pasado, es decir, las vivencias que con los años han ido grabándose en nuestro cerebro lo que  nos conforma como seres humanos. Por ello, en cierta forma podría decirse que es nuestra infancia, y sus recuerdos, la que nos modela de forma casi definitiva, pues es en la niñez cuando más profundamente guardamos en nuestra alma las experiencias vividas.

En mi infancia, el mercado era sinónimo de sábado por la mañana, cuando a regañadientes, acompañaba a mi madre a la “plaza”, el término coloquial que se utilizaba en el barrio para referirse al mercado. Mis sensaciones al respecto de aquel pequeño viaje semanal resultaban contradictorias. Por un lado no me apetecía nada ir, como niño que era me apetecía más, claro, irme a jugar, pero por otro lado, el abigarrado universo de la “plaza” me fascinaba. Todas aquellas señoras que se dirigían hacia el mercado, casi como si de una romería se tratara, con su capazo de mimbre en el brazo; el fuerte pero indefinible olor que se percibía con tan solo acercarse a las escaleras, los diversos pasillos interiores que mis ojos de crío convertían en un intrincado laberinto en el que siempre temía perderme, lo que hacía que apretara, con más fuerza de lo normal, la mano de mi madre. Un mundo aquel en el que se pedía la vez en la cola de una parada mientras se iba a otra, y donde las dependientas, para mi deleite, me llamaban sistemáticamente guapo y decían maravillas de lo alto que estaba para mi edad. Aunque con todo, mi momento preferido era el de la parada del pescado, aquellos monstruos de formas inverosímiles me miraban fijamente con sus bocas abiertas, ¡mientras mi madre y la pescadera discutían cual de ellos sería cortado en rodajas!

El mercado agoniza

El otro día, después de muchos años, volví a entrar en el mercado del Torrente Gornal, y desgraciadamente se me encogió el corazón, aquel mundo, como otros tantos de mi infancia, ya no existe. El mercado agoniza, la mayoría de paradas están cerradas, los pasillos, otrora abarrotados de gente, se ven ahora vacíos, el ambiente que se respira es de desolación y abandono. Son los tiempos modernos, supongo.

Mientras envuelto en la tristeza me alejaba de allí, no pude evitar reflexionar al respecto de que la presunta modernidad resulta casi siempre profundamente deshumanizadora y hostil. Hemos cambiado los pequeños comercios por gigantescos hipermercados en manos de oscuras multinacionales. Compramos corriendo y sin hablar con nadie, empujando tontamente un carrito que vamos llenando un poco al azar y otro poco según los dictados de la publicidad y el marketing. Nadie nos llama guapos, ni nos grita a pulmón las excelencias de su mercancía. Todo ha cambiado, tanto, que ni pagamos ya con dinero, sino con una tarjetita plastificada que  nos da crédito para que nos arruinemos y que permite a las entidades financieras, convertidas en remedo literal del Gran Hermano orwelliano, conocer al dedillo nuestras preferencias y debilidades.

Decía al principio de este artículo que el pasado nos conforma, lo que es cierto, pero además,  y gracias al horror deshumanizado hacia el que deriva la modernidad, el pasado se ha convertido en un lugar quizá más humilde y estrecho pero sin duda más acogedor, confortable y divertido. Por ello, hoy más que nunca se tornan ciertos los versos del gran Jorge Manrique:

“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando; cuan presto se va el placer; como después de acordado da dolor; como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”.

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