Enseñar los dientes

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Luis Candelas fue el enemigo público número uno de la capital más castiza del reino, hace ya bastante tiempo. Más tarde se reencarnó en el Baix Llobregat donde se dedicó a darle al lápiz, en todos los intentos de prensa libre de la comarca entre los años ochenta y finales de los noventa. Ahora, más viejo que nunca, vuelve porque le han insistido, con más desgana que antes, pero con la misma voluntad de meter el dedo en la llaga del poder. Bajo su Capa se esconde una mala baba del copón, pero también los sueños indestructibles de la justicia, la libertad y la esperanza en un mundo mejor.

Desde luego está claro que el mundo ha cambiado mucho en poco tiempo y que nada es lo que era y sobre todo la prensa, que hoy es más nada que nunca. Aquí, entre nosotros. En otras latitudes, las cosas son distintas. Nuestros periodistas nunca fueron gran cosa, la verdad. Hacían lo que podían y solo se atrevieron a meterse con el poder cuando el poder hacía aguas y entonces alimentaron la fantasía de que ellos solos se habían cargado al franquismo. Cosa errónea. El franquismo se lo cargó la modernidad. Los franquistas imperiales y nacionalcatólicos fueron educando a sus hijos en la pijotería europea y ellos se fueron muriendo. Al final, los hijos de los falangistas, de los carlistas y de los estraperlistas, se hicieron del PP si habían ido a escuelas de curas y de los socialistas si frecuentaron la escuela pública. Y entre ellos, con los hijos de los que perdieron la guerra como invitados de tercera, trajeron la democracia y hasta vendieron la ilusión de que habían hecho una Constitución para todos y al gusto de la mayoría.

Después han venido estos lodos y los periodistas se pasaron la historia aplaudiendo a la modernidad, excepto cuando algunos que se ahogaban en su mala leche empezaron a sacar pequeños escándalos, luego escándalos medianos y así hasta hace cuatro días en que los escándalos amenazan con el desborde. Eso en la Celtiberia, porque aquí en Cataluña la mayoría de los periodistas se mantenían callados cuando Pujol, en las ruedas de prensa, les decía aquello tan atrevido del “això no toca”.

Nada de extrañar, pues, la noticia de estos días en la prensa hospitalense que habla de que en los últimos diez años han cerrado 44 de los 75 quioscos de prensa que había en la ciudad. Ya era extraño que en una ciudad donde se lee muy poco hubiera 75 quioscos en la calle. Ahora quedan 31 y la razón no es otra que la caída insuperable y abrumadora de las ventas de periódicos. Los quiosqueros y la gente bien pensada dicen que se debe a que los lectores consumen prensa digital por internet que les sale casi gratis y por eso no compran papel. La razón me temo que sea otra: la gente se ha hartado de la prensa de declaraciones, de las complicidades con el poder. Ya decía que nuestros periodistas nunca fueron gran cosa. Y el poder lo sabe bien. Ni les temen, ni les respetan.

Un ejemplo. Explican los chicos del FIC, esa cosa que se han inventado a medias entre la nostalgia y el voluntarismo que, entre otros sueños, apoya esta plataforma donde leéis esto, que desde que fundaron la entidad, no han conseguido audiencia con la alcaldesa de la ciudad, pese a sus peticiones reiteradas. La primera autoridad de la ciudad suspendió el encuentro tres veces por una la Junta del FIC hace pocas semanas y todavía no hay fecha para presentarle una entidad de profesionales de prensa y otra gente activa de cierto nivel que, en cualquier urbe digna de tal nombre, sería saludada con el respeto que se merece.

Y es que los periodistas y sus aparatos, entre nosotros, no le dan ningún miedo al poder. Y sin miedo a la prensa, no hay respeto a la prensa. Por eso se venden pocos periódicos y cierran tantos quioscos. No porque se lea gratis, sino porque han dejado de interesar. Y han dejado de interesar porque la prensa debe explicar crudamente qué se esconde tras los vicios ocultos del poder, porque la prensa libre es un servicio público y el poder sin control una lacra social.

Amigos del FIC, el día que expliquéis quien y como se reparten las plusvalías de las operaciones que esconde el Consorcio para la Reforma de la Gran Vía que se ha convertido en un instrumento depredador y especulativo disfrazado de promotora de vivienda protegida, ese día la alcaldesa y los que la rodean —sobre todo los que la rodean que conocen mejor a los medios que ella misma— os mandarán llamar para interesarse por vuestros proyectos.

Por cierto, este Consorcio administra, licita, adjudica, etc. todo lo que se ha construido/destruido en la Remonta; se encargó en su día de los negocios millonarios del sector financiero de la Plaza Europa y dirige en la luz y en la sombra el proyecto de la última zona agrícola de Can Trabal. El que piensa en el Consorcio es un abogado de Barcelona que ni siquiera tiene exclusividad en su cargo, de manera que a ratos libres tiene despacho administrativisto abierto para lo que se tercie. Con permiso municipal, claro, que para eso es el que piensa y no se entretiene con minucias. No vive en la ciudad, naturalmente. De los 8 o 10 cargos ejecutivos cubiertos de ese Consorcio, solo la alcaldesa y el primer teniente de alcalde viven en la ciudad. El resto deciden cómo hemos de vivir nosotros, porque a ellos, que quepamos o dejemos de caber, no les afecta en lo más mínimo.

Amigos del FIC, paciencia. Los periodistas, como los sabuesos, solo son respetables si enseñan los dientes.

 

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